Llenabas las siestas con tu voz de grillo, cuando aparecías por el arenal.
Se te vio en las carpas y en las procesiones, místico y profano rezar y bailar, pregonando en medio de las libaciones: “ Yuyitos del campo, pa’l bien y pa’l mal”.
Vendedor de yuyos, ¡ cuántos resentidos buscaban tu alforja, sintiendo el pregón ¡.
Ese fue el destino de tu triste vida: vivir en silencio, vendiendo ilusión.
Te dormiste un día, vendedor de yuyos, con un sueño largo, cansado de andar.
Nunca más se oyeron los pregones tuyos: “ Yuyitos del campo, pa’l bien y pa’l mal”.