Venga un rasgueo y ahora, con el permiso de ustedes, le estoy cantando, señores, a Don Nicanor Paredes. No lo vi rĂgido y muerto. Ni siquiera lo vi enfermo. Lo veo con paso firme pisar su feudo, Palermo.
El bigote un poco gris, pero en los ojos el brillo, y cerca del corazĂłn el bultito del cuchillo. El cuchillo de esa muerte de la que no le gustaba hablar... Alguna desgracia de cuadreras o de tabas.