Él llegó sin hablar mucha cosa, no hablaba de más, eso sÃ, le gustaba y olÃa y hablaba del mar, un tatuaje azul en cada brazo y un oro en un diente, fueron causa de que ella lo amara perdidamente.
Cuando al fin yo nacÃ, tiernamente me envolvió en un manto, me vistió y me adornó cual si fuera una especie de santo. Y por no conocer otra cosa, la pobre mujer, me arrullaba cantando canciones de cabaret.
No tardó en difundir por el barrio que, en aquella cuna, se dormÃa y crecÃa algo más que una simple criatura. Nunca supe si por ironÃa o si por amor, decidió que mi nombre serÃa el de Nuestro Señor.
Esta historia y mi nombre temido me están esperando, cuando voy de tugurio en tugurio peleando y cantando, todo el bajo, todos mis amigos de copa y de cruz me conocen muy bien y me llaman el Niño Jesús.